La leyenda de San Agustín

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La leyenda de San Agustín

Descubre la trayectoria de Agustín Carstens, un líder en economía que ha enfrentado crisis y ha promovido la estabilidad financiera en México y el mundo.

por Mauro Solis

Este año, el NADBank Summit contará con un conferencista magistral cuya trayectoria profesional parece recorrer cada una de las grandes crisis económicas de las últimas cuatro décadas y que, una y otra vez, ya se encontraba en el lugar donde más se le necesitaba. Agustín Carstens, ex gerente general del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) y ex gobernador del Banco de México, ha dedicado su carrera a detectar las señales que otros no percibían. Antes de que suba al escenario, vale la pena conocer cómo surgió la leyenda de “San Agustín”.

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La leyenda de San Agustín

Al crecer en la Ciudad de México, aprendí que había dos fenómenos tan inevitables como impredecibles: los terremotos y las crisis económicas. Con los terremotos, al menos, existe la ventaja de que antes de que comiencen, suena una alarma que advierte lo que está por venir.

Durante la crisis financiera global de 2008 parecía que esa alarma ya había sonado con toda claridad y, sin embargo, México no se estaba en ruinas. Desde luego, el país sintió el impacto, pero no de la manera que muchos anticipaban.

Entonces surgía la pregunta: ¿cómo era posible que México estuviera resistiendo mejor de lo esperado? ¿Quién mantenía a raya una posible catástrofe?

Había un nombre que surgía una y otra vez: Agustín Carstens.

Si la leyenda era cierta, parecía poseer algo cercano a la clarividencia: la capacidad de anticipar el futuro y de encontrar recursos cuando más se necesitaban. ¿De qué otra manera podría explicarse la histórica cobertura petrolera soberana contratada por México antes de la crisis, que protegió las finanzas públicas y generó más de 10 mil millones de dólares en ganancias durante uno de los periodos más complejos de la economía mundial? Así nació la leyenda de San Agustín.

Para muchos mexicanos nacidos en la década de 2000, estas historias fueron una primera aproximación a la economía. Curiosamente, el primer encuentro de Carstens con esta disciplina fue mucho más cotidiano.

Cuando tenía ocho años, su padre lo dejó en la escuela con el dinero justo para el camión de regreso a casa. Al terminar las clases, descubrió que la tarifa había aumentado y ya no le alcanzaba para pagar el pasaje, por lo que tuvo que regresar caminando. Al llegar, le preguntó a su madre qué había ocurrido. Ella le explicó el concepto de la inflación. Así comenzó su interés por la economía.

Con el tiempo, su carrera le permitiría vivir de cerca momentos decisivos. Tras incorporarse al Banco de México, fue nombrado tesorero a los 33 años y posteriormente director de Investigación Económica. Vivió de primera mano la crisis del peso de 1994 y la crisis financiera derivada del incumplimiento de pagos de Rusia, experiencias que contribuyeron a consolidar su reputación como especialista en gestión de crisis.

Posteriormente se desempeñó como director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional (FMI) y después como subdirector gerente, posición desde la cual fortaleció su reconocimiento como uno de los principales expertos en crisis económicas a nivel mundial. Sin embargo, antes de que llegara la siguiente gran turbulencia global, dejó Washington. En 2006 regresó a México para asumir la titularidad de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Lo que pudo parecer un cambio de rumbo en su carrera terminó siendo un momento de extraordinaria relevancia para el país.

Como secretario de Hacienda, enfrentó directamente los desafíos de la crisis de 2008. En medio de la incertidumbre internacional, se convirtió en una figura de estabilidad. Su serenidad, atribuida en parte a su pasado como lanzador de béisbol, brindó confianza a la población mexicana. El sentimiento general parecía resumirse en una frase sencilla: “Si Agustín está tranquilo, nosotros también”.

Superada la etapa más crítica de la crisis, fue nombrado gobernador del Banco de México. Desde esa posición defendió la estabilidad del peso durante un periodo marcado por la crisis de deuda soberana en Europa, la desaceleración económica de China y la caída de los precios del petróleo. También defendió la autonomía del banco central y volvió a figurar entre los candidatos considerados para dirigir el FMI.

Entonces llegó un giro inesperado.

Cuenta la leyenda que una llamada en plena madrugada le abrió la puerta a un nuevo escenario: Basilea, Suiza. Del otro lado estaba el círculo más influyente de la banca central global, ofreciéndole la oportunidad de asumir una posición desde la cual podría contribuir a coordinar el sistema financiero internacional. Como en toda buena leyenda, la decisión parecía trascendental.

Carstens fue nombrado gerente general del Banco de Pagos Internacionales, conocido como el banco de los bancos centrales. Fue el primer mexicano y el primer representante de una economía emergente en ocupar ese cargo, considerado por muchos como uno de los más prestigiosos en el ámbito económico internacional.

Su nombramiento representó un reconocimiento extraordinario, pero también generó inquietud en México. El peso se debilitó y los inversionistas comenzaron a preguntarse quién ocuparía su lugar. Diversos analistas lo describían como un verdadero ancla de credibilidad económica para el país.

Ante la persistencia de la volatilidad en los mercados y las preocupaciones sobre las perspectivas económicas de México, Carstens y el gobierno reconsideraron el calendario de su salida. En lugar de dejar el cargo en julio, acordó permanecer hasta noviembre. Fue un gesto discreto, pero significativo. Incluso reconoció públicamente que el anuncio anticipado de su partida había generado incertidumbre innecesaria. Para muchos, aquella muestra de responsabilidad y humildad fortaleció aún más la imagen de “San Agustín”.

Su misión, sin embargo, ya trascendía las fronteras de México.

Durante la pandemia de COVID-19, contribuyó a fortalecer la coordinación entre bancos centrales para que actuaran de manera conjunta frente a una crisis sin precedentes. El BIS desempeñó un papel importante en las respuestas internacionales destinadas a preservar la liquidez financiera y enfrentar los desafíos posteriores relacionados con la solvencia.

También acercó al público una institución que históricamente había operado lejos de los reflectores. Gracias a una comunicación clara y accesible, comparó las criptomonedas con los intentos alquímicos de fabricar oro y promovió reflexiones innovadoras sobre la tecnología blockchain y la modernización de los bancos centrales.

Bajo su liderazgo, la innovación se convirtió en un eje central de la agenda del BIS. La creación y expansión del BIS Innovation Hub impulsó la exploración de nuevas tecnologías para fortalecer el sistema financiero global.

Y así continúa la leyenda de San Agustín.

No porque pudiera predecir el futuro, aunque en ocasiones pareciera que sí. Tampoco porque tuviera la capacidad de crear riqueza de la nada, aunque la cobertura petrolera de México quedará grabada como una decisión extraordinariamente oportuna.

La realidad es menos mística y, quizá, más interesante. Mientras otros consideraban las crisis económicas como eventos excepcionales e impredecibles, Agustín Carstens construyó una carrera escuchando señales que pocos más lograban percibir. Y cuando finalmente llegaban las sacudidas, ya fuera en la Ciudad de México, Washington o Basilea, casi siempre se encontraba exactamente donde más se le necesitaba.

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